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Nuestro Milagro

9 de abril de 2026

Nuestro Milagro

Mi mamá y yo vivimos una experiencia profundamente transformadora durante nuestra consagración a Jesús por María.

Decidimos consagrarnos unos meses después de que a mi hermana Liza le diagnosticaran cáncer de pulmón en etapa 4, con metástasis en muchas partes del cuerpo. Humanamente y médicamente, era el peor escenario. Los doctores nos decían que íbamos tarde. Pero desde el inicio, como familia, decidimos poner nuestra fe en Jesús y refugiarnos bajo el amparo de nuestra Madre María, nuestra Virgen del Rosario, de quien somos totalmente devotos.

En esos meses aprendimos lo que significa entregarlo todo de verdad. Cuando el cuerpo ya no puede, cuando la mente ya no da, cuando el corazón duele demasiado, lo único que pudimos hacer fue decirle al Señor: “Te la entregamos. Te entregamos nuestros miedos, nuestras preocupaciones, nuestro dolor. Ya no podemos más. Confiamos totalmente en Ti”.

Y en ese camino también aprendimos algo muy grande: a no pedir solo por nosotros. Aprendimos a orar por otras personas, incluso por aquellas que no conocíamos, pero que sabíamos que estaban atravesando sufrimientos parecidos o incluso peores. Muchas veces nos tocó no pedir solamente por Liza, sino por muchos otros, confiando en que Dios sabía lo que hacía y en que también había muchas personas orando por nosotras y por ella.

Fue profundamente consolador descansar en Jesús y pedir la intercesión de María. Fue un descanso del alma. Fue sentir que ya no cargábamos solas aquello que nos estaba rompiendo por dentro.

Y con la fe en alto, con la fe renovada, recibimos nuestro milagro: en diciembre del año pasado, apenas ocho meses después, Liza estaba totalmente limpia.

Sabemos que fue Jesús. Sabemos que María nunca nos soltó y que intercedió por nosotras. Sabemos que hubo un ejército de oración sosteniéndonos. Y sabemos que Dios obró de la mejor manera, también a través de los doctores y de la ciencia, para que Liza pudiera estar hoy limpia.

Pero además, Dios hizo algo más hermoso todavía: usó este proceso para acercarnos más a Él. En nuestra familia hubo personas que estaban un poco alejadas, y hoy tienen una fe renovada, una relación viva con Jesús y la necesidad de buscarlo en todo momento.

Por eso hoy damos testimonio. Porque los milagros existen. Porque cuando uno se abandona con confianza, cuando se deja caer a ciegas en los brazos de Jesús y de María, Dios obra. A veces de formas inesperadas, pero siempre perfectas.

Nosotros proclamamos nuestro milagro y queremos ser testimonio vivo de que la fe sostiene, la oración acompaña y el amor de Dios nunca abandona.

Ileana e Iliana (hermana y mamá de Liza)